lunes, 20 de abril de 2015

Game of Thrones: temporada cinco


Game of Thones siempre sufrió por la cantidad de personajes que tiene dispersos por el mundo de Westeros. Le resultaba difícil mantener historias centradas por los diferentes momentos temporales, variadas locaciones y constantes muertes. Por suerte, el nuevo año de la serie ofrece un enfoque más interesante en una especie de “nuevos comienzos”, tanto en historias como en evolución de personajes, estos que ya son suficientemente conocidos y cuando la lista de los que podrían ser principales es más clara (Tyrion, Arya, Sansa, Jon, Daenerys, Cersei, Jaime, tal vez).
Al iniciar cada temporada, las historias parecen ser demasiadas y están divididas de manera que la audiencia recuerde qué había sucedido y en qué posición está ahora cada personaje, un mal necesario que siempre ha tenido la serie. Pero es a partir del segundo episodio (recién visto el domingo pasado) que cada momento se vuelve parte de un todo episódico bien amarrado y de un gran disfrute.
Esta vez, en su constante viaje, Game of Thrones se centra en sus personajes y los define con más claridad. Aunque se encuentran totalmente alejados entre sí, el guion de cada episodio logra darle cohesión a las historias y temas que se presentan; así, es como si estuviéramos viendo una película cada semana, una narrativa que funciona a la perfección de manera independiente y, a la vez, sin perder de vista el concepto de episodio semanal, evoluciona como parte de la historia general de la serie.
Con la formación de nuevas alianzas, el cruce de personajes que jamás se han conocido, el paso a la madurez (en el caso de Sansa y Arya), la duda ante las decisiones que toman ahora los personajes (en el caso de Jon) y las consecuencias que deben enfrentar por las mismas (en el caso de Dany, donde sus dragones son la metáfora evidente de su pérdida de control total) resultan una gama de posibilidades que le es más fácil explorar en la vastedad del mundo de la serie.
Un mundo donde está siempre latente la búsqueda del poder, de la venganza; donde la lealtad va de la mano de la duda, el miedo es la base del coraje y donde el poder reside en todo aquel que se atreva a dar muerte. Ahí no hay bien o mal, sino todo aquello que está en medio del blanco y el negro.
Sin haber leído los libros pero al saber de varios comentarios afirmando que, este año, el tratamiento de los sucesos en la página serán diferentes a los que veremos en pantalla, es casi seguro decir que la manera de adaptar con más libertad el material original es lo mejor que puede sucederle a la serie. Sin descartar la calidad de las novelas, claro; pero dándose cuenta de que, por suerte, el punto de comparación es cada vez más débil.
Entonces, la quinta temporada tiene el reto de ver qué hacer mientras la próxima novela de George R.R. Martin llega a ser publicada; curiosamente, a HBO eso no le preocupa y avanzará de todas maneras, salga el nuevo libro o no. Aún así, el resultado televisivo es más que satisfactorio para la audiencia en general, con más suspenso para quienes leyeron los libros y una grata sorpresa para los que fuimos más escépticos.

Valar Morghulis!

martes, 31 de marzo de 2015

House of Cards: tercera temporada


Durante el séptimo episodio de la tercera temporada de House of Cards, “Chapter 33”, Frank Underwood, ahora presidente de Estados Unidos, se detiene a recordar que unos monjes tibetanos estaban haciendo un mandala de arena en medio del pasillo. Ellos estuvieron varios días trabajando en un diseño a mano que sería luego deshecho, mezclado y tirado al río como símbolo de purificación. Pero esa supuesta purificación del matrimonio de los Underwood es fácilmente pasada por alto y recordada en una simple fotografía del arte arenoso.
Quería hacer la comparación de ese detalle con la serie misma: esa poca atención y volatilidad de los monjes que quedó evidenciada es lo que se puede decir de la serie misma; cuando uno se dio cuenta, ya había terminado la temporada y nada muy relevante había sucedido, con el argumento o los personajes. Queda apenas una imagen superficial de lo que pudo haber sido.
En general, House of Cards es un continuo rotar de historias poco interesantes y personajes apenas funcionales. Los mejores —o los menos peores— episodios de la temporada son el 11 y el 12, donde se presenta un debate presidencial bien filmado y escrito (ahí, los movimientos de cámara y cortes de Agnieszca Holland funcionan bien y resultan en imágenes menos monótonas), y donde Claire Underwood se da cuenta que no ha sido más que una pieza para hacer llegar a su marido al poder. Pero no es recompensa suficiente para diez largos y poco importantes episodios antes de eso. La construcción narrativa hace que estos volátiles guiños de calidad sean salidos de la nada, sin un proceso orgánico que los haya precedido.
Con personajes secundarios apenas importantes, ninguno tiene un ápice de profundidad fuera de ser una extensión de la trama para Frank Underwood, ni siquiera Claire se salva de formar parte de una maquinaria que gira alrededor de él. Ella misma se da cuenta, pero ya es muy tarde porque la temporada entera se fue en meras miradas y sonrisas falsas de la actuación aceptable de Robin Wright. En cambio, Kevin Spacey, tan alabado por todos, termina siendo repetitivo y hasta insoportable con su interpretación; el actor está cómodo con su papel y no se molesta en llevarlo a diferentes niveles de profundidad, ni siquiera cuando el guion se lo permite, que no es más de un par de veces.
Podría parecer todo parte de un plan más grande, pero si solo se tiene un par de episodios con un poco de tensión y desarrollo narrativo, ¿cuál es el punto de hacer tantos antes de eso? Es el regreso a mi constante queja del modelo Netflix: esa manera de ver una temporada de una sola vez (el ya popular “binge watch”) le quita cualquier gracia a ver un programa de televisión. Pero si somos sinceros, ni siquiera así se sostendría este —a veces risible— drama político.
House of Cards es serie pretensiosa. No es compleja, ni complicada; la mayor parte del tiempo es, más bien, aburrida. Su supuesto y falso “pedigree” viene de la emoción que se tiene por un fin de semana para luego, durante el resto del año, olvidar que existe. Y eso, sinceramente, es un alivio.  

miércoles, 4 de marzo de 2015

The Last Man On Earth


“No fuimos escogidos, fuimos olvidados.”

La premisa del fin del mundo es conocida y manejada de diferentes maneras, generalmente con algún tipo de peligro que amenaza a los personajes y convierte al mundo post apocalíptico en un lugar de acción y pleitos. No lo tomen a mal, The Walking Dead ha logrado capturar bien el interior de sus personajes, reflejado en lo que ven en el mundo exterior, esa serie va por muy buen camino. Pero es The Last Man On Earth (El último hombre en la tierra) que se lleva mi aplauso y entusiasmo por encontrar una fresca manera para este, a veces, repetitivo tema.
Se trata, nada más y nada menos, de una comedia donde seguimos a Phil Miller, el —casi— último hombre en la tierra. Él recorre todo el país (porque Estados Unidos es todo el mundo, claro) en el año 2020 luego de un apenas mencionado “virus”, al no encontrar a nadie, decide volver a su ciudad, dejar atrás su apartamento y vivir en una mansión con todos los suvenires que recolectó en el camino (un par de Oscares incluidos).
Ante todo, Phil decide sobrevivir y de la mejor manera posible. Se divierte y hace las cosas más alocadas que se le ocurren para pasar sus ratos de soledad; gran cantidad del piloto se basa en montajes hilarantes que funcionan de puras imágenes realmente originales que verdaderamente hacen reír, en especial un improvisado juego de boliche. Ahí, Will Forte (también creador de la serie) exhibe sus dotes de comedia física de manera magistral, porque no hay diálogo; está solo después de todo, pero resulta inesperadamente gracioso. Hay eco en el mundo, y los momentos de silencio son los mejores.
Sus conversaciones comienzan con Dios para que le dé a alguien de compañía. A falta de respuesta, decide hacer sus propios amigos; el recuerdo de Tom Hanks y Wilson en Náufrago(del año 2000) es parodiado de la mejor manera posible. Genial.
Si el espectador no se ríe grandemente durante todo el episodio (como me sucedió a mí), al menos un par de sonrisas logrará sacar. La serie no se descuida ni llega a excesos en cuando a estructura, pues la segunda mitad del piloto es más melancólica y hasta triste, sin perder la comicidad del principio.
Entonces, el segundo episodio nos da el status quo que seguirá conforme avance el programa con la entrada de Kristen Schaal, el opuesto completo al personaje de Forte: él, despreocupado y desordenado; ella, Carol, detallista y con esperanza. La química que logran estos dos es excelente en todos los niveles, y todas las preguntas y discusiones que tienen reflejan los buenos diálogos, creíbles entre dos personas que están solas y ahora serán vecinos de al lado. El potencial es grande.
Con apenas dos episodios, no sabemos si The Last Man On Earth se preocupará por ahondar en el asunto del mencionado virus y el porqué quedan solo estas dos personas en el mundo; la verdad, no es tan importante. Explorar el dinamismo de una premisa post apocalíptica pero del lado de la comedia (¡y qué buena comedia!) es suficiente para despertar la curiosidad de cualquiera acerca de lo que se puede lograr en el futuro con esta serie; y si el ejemplo son estos dos excelentes episodios de inicio, ese futuro pinta muy bien.

jueves, 29 de enero de 2015

Wes Anderson diseña, construye y le da vida a The Grand Budapest Hotel

Ya no es totalmente desconocido el curioso estilo del director Wes Anderson, su particular manera de crear desde cero un filme emociona a sus más fieles seguidores y aquellas personas que apenas lo van conociendo. Sucede porque es su más reciente película, The Grand Budapest Hotel, que obtiene nueve nominaciones al premio Oscar y llega a colarse en más salas de cine de lo esperado (un año después de su estreno en Estados Unidos). Un estilo que para muchos no es del todo disfrutable, por lo que refleja un miedo a que sea un fracaso en taquilla. Por suerte, lo contrario sucedió.

Resulta un caso especial The Grand Budapest Hotel, porque es, como ya muchos han dicho, el filme más “andersoniano” de todos. Su atención a los detalles, cuidadosos movimientos de cámara, simetría en cada encuadre y ensamblaje de cada escena solo podrían haber sido logradas por este formidable director de 45 años.

En un mundo donde la avaricia y codicia humana son los principales personajes de esta “barbárica civilización”, al espectador le toca seguir a dos almas que todavía conservan una fundamental humanidad. Gustave H. y Zero son los dos héroes desiguales que llegan a complementarse para triunfar ante las injusticias de la justicia, al punto de sentir cariño y respeto entre sí; eso sin dejar de verse impecables ante los huéspedes que se quedan en la magnífica institución que es el Gran Budapest.

La nostalgia por un lugar que alberga los mejores recuerdos de estos dos personajes es la clave en esta historia, donde cada rincón guarda bueno y malos momentos en la vida de alguien y donde el sentimiento, por más que decaiga la estructura, sigue ahí incluso después de su época dorada.
Con la soberbia puesta en escena del hotel se entremezclan a la perfección música, coloración, fotografía, montaje y excelentes actuaciones, conformando las partes de un conjunto magnífico y admirable, pero que fácilmente podrían funcionar como mil historias pequeñas por sí solas; así de minucioso es el mundo que crea Anderson. Cada truco o broma visual aporta al resto de la película que se desarrolla con fluidez e ingenio.

Se creería que por poner tanta atención a los elementos formales y de estilo, la historia quedaría rezagada a segundo plano. No es ese el caso. Más bien, cada detalle estético permite que los detalles narrativos destaquen de la manera que solo Anderson sabe. Sus películas podrían parecer cuentos infantiles, pero, al igual que una fábula, manejan una madurez importante que no cualquier director sabe transmitir.

Como edificio y como filme, Wes Anderson diseña, construye y le da vida a The Grand Budapest Hotel para que sea saboreado por sus admiradores y recordado entre la mayoría del público para que, así, pueda seguir dándonos su atrevida y peculiar visión durante muchos años más. 

lunes, 12 de enero de 2015

Downton Abbey





No es fácil mantener una serie de época, mucho menos una con las extravagancias visuales y materiales que posee Downton Abbey. Por suerte, la inmensa popularidad que tuvo desde su primer año permite que las exentricidades estéticas, de vestuario y de escenografía sean costeadas fácilmente, al ser una de las series con mejor audiencia en la historia de la televisión británica. Eso no le distrae de lo que quiere contar; aunque sí, a veces, de lo que quiere ser.
Podría decirse que Downton Abbey, sin entrar en mucho detalle, es un tipo de mundo alejado y de ensueño donde todos quisiéramos escapar alguna vez y disfrutar de los lujos, ropajes y cenas que organizan en las amplias habitaciones de la mansión. Eso sí, dentro de ese universo paralelo está el que se encuentra por debajo y mantiene en orden y funcionamiento el de arriba. Seguimos a dos clases sociales y económicas diferentes (pero bajo el mismo techo) que no se escapan de lo que hace tan atractiva la serie: el drama humano.
Durante sus dos primeras -exquisitas- temporadas no afloja varios detalles: la caracterización de cada personaje muy bien lograda en tan poco tiempo, un pulido acomodo de eventos y giros narrativos y el balance adecuado de lo que es la vida de los que sirven y de los que son servidos. Se llega a querer a los miembros de la familia tanto como para preocuparnos de cada peripecia que atraviesan. Ni qué decir de sufrir con las criadas y mayordomos cuando algún detalle de la cena o la casa no sale del todo bien.
El estilo novelesco no se pierde cuando entra la Batalla del Somme durante la segunda temporada, pero sí le permite más seriedad y un contexto que rompe con la burbuja de fantasía que rodea a la mansión protagónica. Luego de terminar la guerra, sucede que el tratamiento de los personajes e historias decae durante la tercera temporada (porque este hablador no ha llegado a ver las siguientes, cuarta y quinta), muchas veces por salir y entrar fácilmente de conflictos, olvidando toda la evolución que tuvieron varios personajes, se siente un poco de trampa de parte del creador, Julian Fellowes, quien ha escrito todos y cada uno de los episodios.
Varios aspectos temáticos de política, tratamiento de las mujeres, las dificultades y limitaciones de la época o, incluso, los excesos de la clase alta llegan a presentarse a través de todo el programa, pero no llegan a ser profundizados como para denunciar o tomar partido; prefiere quedarse en lo superficial, lo cual es perfectamente aceptable; a veces, preferible. Los altibajos no le quitan la delicia de serie que es y cómo se disfruta con los aspectos serios y más ligeros que ofrece. Hay momentos geniales de comicidad, casi siempre de parte de la brillante Maggie Smith.
Sin haber terminado de verla, y porque no veo muchas ganas de parte del canal de finalizarla, el entusiasmo con que la recomiendo no es inmerecido. En el fondo, es una novela, una con mucho estilo, problemas más interesantes y aires de grandeza; pero todo eso sabe manejarlo bien y es por eso que le aplaudo.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Las mejores series del 2014

Al hacer esta lista, más de veinte opciones llegaron a ser parte de un tipo de "ronda final" en mi mente por tener buena calidad de historias y personajes que valieran la pena considerar como mejores del año. Por lo que, a duras penas, logré escoger diez que mantuvieron una excelencia en episodios, semana a semana y a través del año. Resultan las más consistentes y con cualidades propias que las hace muy diferentes entre sí, pero no dejan de disfrutarse grandemente. Fue entonces que este año ni siquiera me atreví a ordenarlas del uno al diez, porque varias merecerían el primer puesto por una u otra razón que estaría correcta en cualquier discusión sobre cuál puede ser la mejor. Así que les presento las diez mejores series del 2014 no compitiendo entre sí, sino en un neutral orden alfabético. (Para ver la imagen, hacer clic en cada título.)

The Americans
The Comeback
Fargo 
Girls
The Good Wife
Hannibal
The Leftovers
Looking
Louie
Orange Is The New Black

Menciones honoríficas: Olive Kitteridge, The Fall y Please Like Me

Opciones que quedaron fuera de los primeros diez espacios pero vale la pena darles una ojeada (marcadas con * son las que casi quedan con un puesto en la lista principal):
-The Affair*
-Game of Thrones
-Getting On*
-Homeland
-Jane The Virgin*
-The Knick*
-The Legend of Korra
-Mad Men
-Mom
-Outlander
-Penny Dreadful
-Rectify
-Shameless
-Silicon Valley
-Transparent
-Veep
-The Walking Dead*
-You're The Worst

martes, 16 de diciembre de 2014

The Newsroom: tercera -y úlitma- temporada

La colección de montañas rusas que había sido The Newsroom, sus puntos altos y bajos, sus ridículos personajes, sus monólogos y aberrantes declaraciones pueden ser olvidadas.
Los últimos dos minutos del último episodio de toda la serie, "What Kind of Day Has It Been", demostraron todo lo que pudo haber sido, todo lo que pudo haber conseguido y hecho bien: el seguir, en las buenas y en las malas, al grupo de periodistas que trabajaban para producir las noticias de las nueve. Durante dos -solo dos- muy bien construidos y entretenidos episodios de su última temproada, The Newsroom llegó a ser algo decente, con vida propia y de diálogos que valía la pena ver, aunque siempre parecidos a un sermón condescendiente. 
Pero quiso ser más que eso. The Newsroom fue y no fue, porque con cada buen movimiento que hacía, tres malos lo borraban con cada nueva escena que pasaba. Personajes, historias y diálogos estuvieron bajo una sola voz que creyó estar segura de todo lo que ponía en papel para ser dicho frente a las cámaras, un creador que decidió no escuchar consejos o críticas de lo que hacía mal o, en todo caso, de lo que hacía bien: Aaron Sorkin.
La necesidad de darle esos monólogos condescendientes y prepotentes a todos y cada uno de sus personajes hizo torcer los ojos más de una vez, pero ¡qué entretenidos que podían llegar a ser! Una rapidez y cuidadosa elección de palabras que jamás se vería en la vida real; un fácil enganche para hacer de las historias algo más que una crítica a los noticieros sobre cómo tenían que infromar a los televidentes los sucesos de importancia. Tal vez el error de Sorkin fue moldear personajes e historias donde solo existiera el bien y el mal, donde generalmente los hombres -blancos- tienen la razón y las decisiones o explicaciones finales, a pesar de contar con importantes voces femeninas (claro, siempre de diálogos sorkinianos).
Tal vez el error de Sorkin fue intentar intervenir en temas que no debían ser tocados (una aberrante y perversa conversación sobre la violación de una chica que no está en desacuerdo de enfrentar a su atacante en televisión, por ejemplo).
Pero es que, ante todo y a excepción de los dos primeros, los episodios de esta última temporada fueron un completo desastre narrativo. Cada acción salía de la nada y las relaciones de pareja no resultaron creíbles o desarrolladas orgánicamente. Lo que dejó una evidente aceleración de acontecimientos para un final apenas aceptable.
Solo Sorkin sabe qué rayos quería decir o lograr al crear The Newsroom; no creo que haya pensado en la cantidad de artículos que se dedicarían a sobreanalizar escenas específicas que él escribió, pero si la idea era solamente que se hablara de su serie, lo consiguió. 
Dijo Emily Nussbaum (The New Yorker) que al intentar analizar una serie de Aaron Sorkin, uno mismo se convierte en uno de sus personajes y comienza a hablar (escribir) muy rápido y convencido de saber qué es lo realmente correcto. Y heme aquí trayendo abajo una serie que disfruté hasta el final pero porque sus fallas la hacían interesante de ver y analizar, y monologando sobre lo que creo que es mejor o peor, mientras me pregunto si, tal vez, criticamos porque todos tenemos algo de lo pretencioso que estos personajes mostraron hasta el último momento que estuvieron en pantalla.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Olive Kitteridge

Al final del tercer episodio de la excelente miniserie de HBO, Olive Kitteridge, la personaje principal, Olive, se dice: «¿quién demonios creo que soy?», una pregunta que hace desmoronar todo lo que habíamos visto o creíamos de ella; antes de llegar al final, ella misma no sabe por qué hizo todo lo que hizo, por qué dijo todo lo que dijo.
Verán, Olive vive con su esposo, Henry, en un pueblo ficticio de Maine. Él es amable y cariñoso, siempre atento; ella es fría, tajante y con todo lo que dice logra hacer sentir mal a cualquiera. El más afectado por esto es su hijo, quien prefiere no hablarle a su madre por temor a que lo haga sentir como basura humana. Eso es una simple pincelada de lo que nos ofrece Olive Kitteridge, que más allá de la muestra de vida en un pueblo pequeño y alejado de la ciudad, es el viaje interno de estos personajes en varias historias pequeñas de duración, pero no así en profundidad.
El foco de atención principal no es siempre la personaje del título, oscila, pero ella siempre está presente, como cuando a veces, por un momento, dejamos de ser los protagonistas de nuestra propia historia porque estamos demasiado ocupados y distraídos por lo que sucede alrededor, pero eso no deja que nos perdamos de vista y regresemos a lo que nos hace ser nosotros, y es ese mismo mundo en el que vivimos y debemos soportar, en las buenas y en las malas.
Ni uno de los acontecimientos que giran la historia en otra dirección se sienten forzados, más bien sirven para desdoblar cada personaje de manera inesperada pero totalmente orgánica, partiendo de la personalidad inicial y creciendo poco a poco, como los sucesos inesperados que nos marcan en la vida. En cada esquina de la miniserie hay detalles que la hacen especial, formales y de contenido, lo que la hacen imperdible. Y, a la vez, el sin sabor que puede dejar luego de terminado cada episodio vale la pena para pensar que, en cualquier momento y con cualquier cosa, sin que nos demos cuenta, algo puede cambiar dentro de nosotros, aún cuando algunos aspectos de la realidad externa queden igual a como estaban antes, para bien o para mal. 
Eso es Olive Kitteridge: sobrevivir las muchas y aveces muy entrometidas dificultades de la vida.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Jane The Virgin

"Jane Villanueva, sentenciada por su abuela y ansiosa de conservar su virginidad hasta el matrimonio con su novio detective, es inseminada artificial y accidentalmente. Lo que no sabe es que el donador está casado y es el dueño del hotel donde ella trabaja."


Leyendo reseñas y comentarios de varios críticos de tele de cómo se presenta y qué ofrece la nueva serie Jane The Virgin, todos parecen haberse puesto de acuerdo con una idea general: la premisa inicial de la serie es absolutamente ridícula, la cantidad de giros narrativos solo en el primer episodio es casi risible y el estilo novelesco es básicamente una fórmula que resultaría difícil de sostener en manos de escritores mediocres. Pero son esos mismos detalles, y la ingeniosa manera en que es escrita, lo que la hacen un goce total al verla. 
Con la cantidad de historias y personajes que pretende manejar y que logra mantener, nos recuerda que la ejecución del programa es lo que cuenta más allá de reciclar ideas. Jane The Virgin sabe que es alocada, sabe que esos giros serán parte de lo que la mantenga con vida y, aún más importante, sabe que es una simple distracción para pasar un buen rato, entonces ¿por qué no hacerla de la manera más extravagante posible? 
Eso sí, no pierde de vista sus personajes y la profundidad que puedan tener dentro de la hiperrealidad del programa. Sobresale la autenticidad y el carisma de Gina Rodríguez, que le da vida a Jane y la hace creíble en sus acciones y manera de pensar, junto con su madre y abuela, que completan el núcleo principal de la serie, cada una con su personalidad pero apoyándose mutuamente, con una química entre actrices que no se ve todos los días. El resto de los personajes representan la lista estereotipada que se ve en los culebrones, pero cada uno tiene sus razones y es explorado sorprendentemente bien: el padre biológico, la esposa que busca dinero, el amigo traicionero, la doctora hermana del padre biológico y muchos más.
Con ese disfraz que se pone de serie (por la cadena en que se transmite y por ser casi siempre en inglés), en un ambiente de colores muy vivos y actores poco conocidos pero comprometidos con sus papeles, es suficiente para notar una telenovela que, fácilmente, nunca se vio mejor, ni se había divertido tanto consigo misma. Porque logra ser graciosa sin esforzarse: las explicaciones escritas en pantalla de manera irónica, cada giro y situación de la trama que uno espera pero logra sorprender por la manera en que es manejada, y, sobre todo, por tener el mejor narrador (Anthony Mendez) de una serie desde Pushing Daisies; sus intervenciones son para ahondar en los personajes o para explicar algo de la manera más acertada posible, no deja que la sonrisa desaparezca durante todo el episodio.
Esa sinopsis inicial es apenas la superficie de lo que es Jane The Virgin, la cantidad de detalles y enredos en cada episodio son suficientes para no sentir pasar los cuarenta minutos de cada episodio. No se dejen engañar por lo ridículo del asunto porque perderían la idea que hay detrás del programa: enfrentar, con la cabeza en alto y un poco de humor, las complicaciones de la vida.

Jane The Virgin es basada en la telenovela venezolana Juana La Virgen, creada por Perla Frías.

viernes, 31 de octubre de 2014

The Strain

Hay varios aspectos que se pueden rescatar de The Strain, esta es, después de todo, una serie creada por
Guillermo del Toro (quien también dirigió el primer episodio) basada en su misma novela homónima, escrita junto a Chuck Hogan; pero hay muchos aspectos que no funcionan en una historia que podría prometer una buena opción para los seguidores del género de horror con vampiros, no tanto así para una audiencia más extensa.  
Localizado, durante prácticamente todo el piloto, en un aeropuerto donde un avión, al aterrizar, queda con todas las puertas cerradas y las luces apagadas y sin rastros de los pasajeros, The Strain tiene una buena atmósfera visual gracias a la mano de Del Toro que no es ajeno a manejar bien varias secuencias de suspenso cuando sabemos que algo sucederá, lo que no sabemos es cuando o qué. 
Al entrar en el avión, el epidemiólogo Ephraim Goodwether y su equipo encuentran a todos los pasajeros (excepto cuatro) sin vida a causa de lo que podría ser un virus. A partir de esto se comenzarán a desenvolver los acontecimientos bastante predecibles del piloto, llevando a lo que parece una invasión de vampiros-zombie que, naturalmente, chupan la sangre de las personas.     
Está claro, Del Toro sabe dirigir y manejar los ambietes y las actuaciones, que resultan eficientes, pero el cómo seguir una trama así más allá de una temporada es algo fácilmente cuestionable; esto es, sin que se vuelva repetitiva y aburrida. De ahí que el problema más grande está en la creación de personajes por los que se tenga un mínimo de empatía, que nos interese qué les sucederá cuando puede que no estén a salvo. Con el paso de los episodios no se llega a tener un sentido del riesgo o alerta creíble en esos personajes, más bien se vuelve demasiado lenta para lo que ofreció el primer episodio. Una que otra escena se rescata y la presencia del horror siempre es bienvenida para mostrar lo que puede llegar a ser la serie, no lo que es al final de cada hora. Tal vez, al tener segunda temporada asegurada, la narración llegue a tener un poco de impulso que haga algo más que alargarse y distraerse en varias subtramas que no llegaron a tener mucha importancia más que mostrarnos unas cuantas imágenes grotescas estilo Del Toro. No deja de ser un festín para los amantes del género, pero falla en dejar al resto de la audiencia con ganas de querer seguir viéndola.