miércoles, 4 de mayo de 2016

La segunda temporada de Unbreakable Kimmy Schmidt es una pequeña y sorpresiva maravilla


Kimmy Schmidt siempre recibió al mundo con una sonrisa. Luego de estar encerrada quince años en un búnker subterráneo, sin poder ver la luz del sol, su estado de ánimo y —casi forzada— alegría se centraban en dejar el pasado atrás y dejarse llevar por los asombrosos descubrimientos del nuevo mundo que ahora le tocaba enfrentar. Esa sonrisa extrema fue llevada durante todo el primer año de su serie. Lastimosamente, la temporada, aunque tuvo sus buenos momentos, no se sostuvo bien al tratar de encajar en el modelo de Netflix (el binge watch), que interfiere, casi siempre, en la creatividad y desarrollo de las series como series mismas; es decir, el descuido del episodio.
Pero curiosamente, sin mucho interés y nada de expectativa, Unbreakable Kimmy Schmidt regresa, sin mucho aviso, con una energía diferente, renovada, más centrada y con muchísima confianza en sus historias y personajes. Es evidente el buen trabajo de sus creadores, Tina Fey y Robert Carlock, que descifraron los errores y fortalezas de la primera temporada para traerlas de nuevo, profundizarlas, aprovecharlas y así llegar a balancear cada aspecto de la apenas buena serie, ¡que ahora es excelente!
Donde lo caricaturesco extremo y el mal ritmo para los chistes atrasaban el avance de una premisa interesante y no había más que personajes superficiales y hasta molestos, ahora, Kimmy Schmidt brinda profundidad e interés a personas que siguen siendo casi dibujos animados y no piensan más que en ellas mismas, pero se logra una empatía importante en ese mundo imaginado de colores saturados y brillantes. Incluso, las bromas, entre juegos de palabras y geniales referencias pop, son muchísimo mejores, y están tan bien editadas que a veces hay que poner pausa para reír un rato antes de continuar con el episodio; buen manejo del mañoso comedic timing.
Pero, lo más importante, dentro de ese crecimiento de personajes el indudable mejoramiento de los guiones, es la excelente función episódica que tiene esta segunda temporada. Cada media hora es completamente eso: un episodio. Aquí, las historias tienen inicio, nudo y final, pero permiten que el desarrollo de los personajes abarque el aspecto serializado que tanto cuesta lograr de manera consistente. El modelo “tragable” de Netflix ya no interfiere con cada parte individual que puede ser recordada por sí misma, incluso si se mira todo en un fin de semana (una suerte que, por alguna razón, también tuvo la cuarta temporada de House of Cards).
Unbreakable Kimmy Schmidt ahora es una serie de personajes, y eso la eleva al nivel que tiene ahora: una bocanada de aire fresco entre tanto drama serio y tantas otras comedias simplemente malas. Por supuesto, no podían quedarse atrás las interpretaciones tan convincentes con tanto rasgo de caricatura, pero que logran darle más dimensiones y crear personajes. Ellie Kemper sonríe por siempre como Kimmy, pero debe enfrentar su pasado para poder sonreír mejor en su presente; Tituss Burgess baila, canta y hace las mejores expresiones de la serie, sin agotar o forzar nada; Jane Krakowski brilla increíblemente en la superficialidad de Jaqueline, pero la cuestiona y trata de desafiar para lo mejor; y Tina Fey aparece durante unos episodios con uno de los mejores personajes que ha creado.          
Al final, contra todo pronóstico, y para la suerte de quienes vemos tanta televisión, Unbreakable Kimmy Schmidt se vuelve la sorpresa más agradable del año, no solo por su buen gusto y la ventaja de poder pasar el rato con sus personajes, sino por tratar sus temas con sutileza y con un filo interesante que resultan en buena comedia. Hasta donde la broma más evidente puede ser la mejor manera de —¿por qué no? —denunciar algo.
Con todo y todo, cuidando hasta el más pequeño detalle, se vuelve fácil decir que la serie logró construir una tremenda temporada, ¡que se venga la tercera! 

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