martes, 26 de julio de 2016

Veep: quinta temporada


Entre tanta emoción, espectáculo, tensión y discusión durante la semana sobre cierta serie, también de HBO, no todos pusieron atención, el domingo pasado a los otros dos finales de temporada del canal: Veep y Silicon Valley. De manera desapercibida, la primera, que resulta ser una las mejores comedias al aire, terminó su quinta temporada, que no parece tener freno cuando se trata de mejorar su calidad año tras año. Con una visión más simple y cerrada de tiempo, Veep triunfa como nunca en el balance perfecto de humor, historia y con las mejores frases citables en cada episodio.
Parecería cansado alabar el ingenio y reinvención que ha tenido la serie conforme avanzaba. Pero incluso con la salida de su creador, Armando Iannucci, y el nombramiento de un nuevo showrunner (el jefe creativo), David Mandel (salido de Curb Your Enthusiasm) el nivel de madurez y genialidad que alcanzó en cada episodio no se puede ignorar en esta reseña. Resulta una prueba clara de que es posible mantener el espíritu original de un programa, si se le brinda el balance adecuado entre las nuevas ideas y las fortalezas que ya habían probado ser exitosas en años anteriores (en especial, los actores).
Luego de un intento fallido de ganar la elección y ser nombrada presidenta, Selina Meyer se ve en la tarea de ganar los votos, pero ahora del Senado, que debe desempatar la contienda, solo para ser desilusionada una vez más. Así, con apenas unas semanas de tiempo para representar en los diez episodios de la temporada, Veep se adentra en la desesperación de su personaje principal y le da más profundidad que nunca. Cada aspecto de la personalidad de Selina se ve expuesto en las situaciones que debe enfrentar, ya sea por la inesperada muerte de su madre en Mee-Maw, o la insistencia de su hija, que logra filmar un documental sobre la vida de ella y de su madre mientras espera los resultados del Senado en Kissing Your Sister; coincidentemente, esos los dos mejores —y más hilarantes— de la temporada.
Entre tanto, el ensamble de actores, además de crecer (para bien), este año obtuvo la atención adecuada y necesaria para sentir la empatía o el odio que cada uno podría merecer. Los arcos narrativos de cada personaje quedaron detallados entre el alboroto que es la figura principal, sin dejar de lado que cada uno es humano con aspiraciones propias, incluida Catherine, quien quedó mejor desarrollada que nunca. Entonces, se abre paso a las distintas personalidades, ya perfectamente conocidas y encarnadas por cada uno de los actores, y se les agregan capas y desarrollo propio para enriquecer el elenco y volver a la serie más una comedia de oficina que solamente la historia de la vicepresidenta fallida. Excelente.   
Al haber tenido ya varios años al aire, los detalles de continuación hacen que las temáticas se vuelven más interesantes. Cada quien lucha por mantener su trabajo, incluso la protagonista, que tiene el más grande de todos y el más fácil de perder. Lo que lleva a un final inesperado, desconsolador y atrevido, pero no por eso menos gracioso y siempre satírico, así como la serie sabe hacerlo mejor.
Entonces, el optimismo y confianza, luego de haber ganado el Emmy a mejor comedia el año pasado (rompiendo ¡al fin! con la molesta racha ganadora de Modern Family), no les quita el esfuerzo en traer historias semanales que satiricen los juegos y estrategias políticas de la realidad en tan ingeniosa serie de media hora. Y no se extrañen si en la premiación de este año se lleve, de nuevo, varias victorias que, sin duda alguna, luego de una temporada que nunca falla, se las tiene más que merecidas.   

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